Estamos sin duda en la era de la información. Hoy, por ejemplo, una página web no sólo sirve para presentar la información que le queremos dar al mundo, sino que nos puede servir para conocer quiénes nos visitan, por cuánto tiempo, qué paginas de nuestro sitio web observan, etcétera.

Y estos datos pueden ser útiles para vender, por ejemplo. Imaginemos que vendemos automóviles y hacemos algunas promociones. De las direcciones IP de quienes se interesen en las mismas bien podrían informarnos su nivel económico de alguna manera.

Si por ejemplo, las direcciones vienen de servidores de la UNAM, podríamos pensar que nuestros potenciales clientes son profesores, alumnos o trabajadores de la Máxima Casa de Estudios. Todo esto podríamos suponerlo, con cierto grado de certeza, sin siquiera preguntarle nada a quien entre a nuestra página.

Esto no califica como espionaje pero es importante señalar que cuando entramos a Internet no necesariamente nadie se fija. Hay controles que muchos gobiernos ponen sobre los ciudadanos. Y uno puede preguntarse si esto es para preocuparse. Si finalmente quien nada debe nada teme.

Vamos, que me espíen, que revisen mis correos electrónicos, que graben mis conversaciones telefónicas si quieren, pues finalmente no soy una mala persona y no llevo una vida oscura ni cosas por el estilo.

La realidad es que hay que pensar que deberíamos preocuparnos y el espionaje de los gobiernos a los ciudadanos, a todos nosotros, bien pueden parecer inútiles en muchos casos, en la mayoría de ellos, pero esto no tiene nada de inútil.

Veamos un caso: Malte Spitz decidió pedirle a la empresa telefónica con la que tenía contratado su servicio de telefonía móvil, que le diese los datos de sus llamadas. La telefónica lo ignoró, pero un par de demandas después, la compañía le mandó todos los registros de sus llamadas de seis meses para atrás.

La información que le dieron contenía los números a los que había llamado o de los que le habían llamado, o bien, los números a los que había mandado mensajes de texto o le habían enviado mensajes. La información venía en una gran tabla con unos 35,000 registros.

Spitz entonces se contactó con una empresa para visualizar la información. El trabajo realizado con esos datos mostró todos los movimientos de Malte Spitz en su ciudad. Hacia dónde se desplazaba, a dónde iba y venía, etcétera. Vamos, que la telefónica tenía en sus manos un registro completo de todos sus movimientos durante todo el tiempo de actividad del personaje en cuestión.

Y esto, cabe decirlo, la telefónica alemana lo hace con todos sus clientes. La razón es que el gobierno le exige que guarde los registros de todas las llamadas y mensajes de texto generados por cada ciudadano por al menos seis meses hasta dos años.

El video muestra cómo Spitz puede ser rastreado. Es impresionante:

Piensen ahora por un momento en las consecuencias de esto. Pensemos en alguno de los políticos más de moda en nuestro país. Consideremos el caso de Javier Duarte, el exgobernador de Veracruz, ahora prófugo de la justicia por un desfalco millonario al erario.

Si él, o su mujer, o sus más allegados tienen teléfonos móviles, seguramente están siendo espiados y eventualmente el prófugo y los que le acompañan terminarán siendo atrapados. Incluso, aunque se hayan hecho de nuevos teléfonos dando nombres diferentes o falsos, lo que no se puede falsificar es de dónde se hicieron o se recibieron las llamadas.

Y esos datos pueden cotejarse con las posibles posiciones del ahora prófugo y sus amigos. Por eso de pronto, para alguien como Duarte, el planeta empieza a quedarle chico.

Y si aún el lector/lectora no se ha dado cuenta, el cargar con un teléfono celular nos convierte inmediatamente en personas susceptibles que pueden ser espiadas. Y sí, quizás muchísimas de esas personas no tengan jamás problema alguno con la justicia, o con el gobierno, o con las autoridades, pero ahí están los datos que las telefónicas guardan y que nadie verá nunca… a menos que de pronto usted o alguien se vuelva «peligroso» en este país, de acuerdo al criterio de alguna autoridad.

No existe, al menos en nuestro país, ninguna regulación al respecto, por ejemplo, que se pueda anonimizar la información de donde parte una llamada o un mensaje de texto. Las compañías de telefonía móvil pueden saber quién habla o escribe un mensaje, por cuánto tiempo habla, a dónde habla, etcétera, sin que nadie le ponga cortapisas a este espionaje velado.

Y los gobiernos seguro que no serán los primeros que quieran que pase eso. Lo que los gobiernos quieren son saber más de sus ciudadanos porque la información de los mismos representa control sobre esas personas en algún momento dado.

Un interesante ejemplo es cuando hay eventos masivos. Si usted lleva su celular al mismo, el gobierno podría tener control de quienes fueron a dicho evento. Si fue una protesta ya el gobierno en turno tiene que mandar policías con tanques que lanzan agua de color para marcar a los que protestan. Ahora cada uno de los protestantes le está dando a las autoridades todos los datos que ellos quieren saber, y ni siquiera se han enterado de ello.

Puede verse entonces las razones por las que este espionaje sea detenido a la brevedad. Va contra la libertad de los ciudadanos. Va contra nuestros derechos. La tecnología nos ha dado muchísimos elementos de comunicación y ellos han finalmente permeado en prácticamente la mayoría de las sociedades, pero con ello viene este paquete de espionaje que simplemente va más allá de las atribuciones de los gobiernos.

Así pues, cuando alguien le diga que espiaron a la UNAM o a cualquier otra institución, hay que reclamar. Porque nos puede parecer que con nosotros, que no somos nadie realmente peligroso para el gobierno, estamos fuera de estos asuntos. Y sí, no seremos peligrosos pero cuando alguien resulte un problema para el país, probablemente gobiernos dictatoriales, locales o el federal, podrá tomar las acciones para «eliminar» esa potencial amenaza. Esto no es un pues un asunto menor.