La dopamina es un neurotransmisor que produce el cerebro, entre otras cosas para generar placer o emociones como la felicidad, y que las personas llegamos a tener en grandes cantidades durante instantes especiales de nuestra vida, como cuando estamos enamorados.

Pues resulta que otra excelente fuente generadora de dopamina son los likes de Facebook, los cuales, para muchos usuarios de esta y otras redes sociales, se convierten en una especie de recompensa al esfuerzo intelectual que representó hacer un comentario sarcástico o lograr la foto de sus piernas con el océano de fondo para presumir que están de vacaciones.

Así que, neurológicamente hablando, cada vez que das un like en Facebook, estás también contribuyendo a que alguien experimente un placer que se parece mucho al que sentiría cuando ama o es amado.

Esto, que puede resultar tremendamente desagradable en algunos casos, es una de las nuevas formas de convivencia de las personas que viven en el siglo 21 y que va más allá de una simple moda porque, por si no se habían dado cuenta, las redes sociales llegaron para quedarse.

No es que Facebook o Twitter sean eternos, sino que la forma de relacionarse o comunicarse entre los seres humanos ya se ha modificado de tal forma que hoy otros medios tradicionales, como la televisión o el cine, han incorporado en sus lenguajes muchas de las cosas que antes eran exclusivas de internet, como, por ejemplo, la estética de los videos de YouTube.

Pero esto no aplica solamente en las relaciones interpersonales, sino también en la manera en la que nos vemos a nosotros mismos, lo cual puede explicarse claramente en las selfies, las cuales son un instrumento para que las personas controlen la manera en la que desean ser vistas.

¿Cuántas veces te han tomado una foto en la que no te gusta “cómo sales”? Pues la selfie reduce al mínimo esas fallas y garantiza que la imagen que publicas en tu cuenta de Instagram transmita exactamente lo que quieres que todos vean de ti y desde el ángulo que te favorece mejor… o el que te atraerá más seguidores o “corazoncitos”.

Todo esto no lo inventé yo, sino que me lo platicó Felipe Gaytán, profesor-investigador de la Facultad de Humanidades y Estudios Sociales de la Universidad La Salle, y Eduardo Calixto, experto en neurofisiología egresado de la UNAM durante unas entrevistas que hice para un reportaje que se publicó este mes en la revista S1ngular (no es comercial, pero salgan a buscarla porque quedó muy padre) en el que exploré brevemente las formas que tiene hoy la felicidad en internet.

Otro punto interesante que salió en esa investigación fue que las personas pueden generar diversas personalidades en la red, las cuales no son necesariamente parecidas a la que tienen en la vida real. Por lo tanto, alguien que, por ejemplo, a partir del anonimato, descalifica, critica u ofende a alguien, se está autogenerando altos niveles de dopamina al poder decir algo que en la vida real no podría expresar.

O lo que es lo mismo, el internet genera placer para todos.

Así que habrá que acostumbrarse a vivir con estas nuevas formas de convivencia y a entender que, técnicamente, la felicidad ya se puede buscar en Google, además de que Facebook en verdad se parece mucho al amor.

Así de simple.