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Hoy en día pareciese que el problema del pirateo de música es tan común que ya nadie dice nada. Si nos subimos al Metro, por ejemplo, nos hará encontrar casi por definición a algún “vagonero” que vende todos los “exitos de José José” (o Luis Miguel), por la irrisoria cantidad de diez pesos. Si uno decide comprar el disco en cuestión, el vendedor incluso lo garantizará. Y yo entiendo que la industria del disco debe estar haciendo berrinches incontables por esto, pero evidentemente no hay nada que hacer. Controlar que la gente no se copie la música parece ser tan complicado como evitar que se copien películas en DVD o incluso Blu-ray.

Pero aparte de esto, otro componente de la piratería es el que se refiere a los libros. Con la llegada de los formatos electrónicos, ePub y PDF, por ejemplo, muchas obras ya han sido pasadas a este tipo de archivos electrónicos. Ahora mandar un libro por correo electrónico o usando los servicios de mensajería que ofrecen sistemas como HighTail, por ejemplo, resulta algo fácil de hacer.

El inicio del pirateo de libros se basa en la capacidad de las cámaras digitales para fotografiar página por página, o bien, a los “scanners”, que son como fotocopiadoras personales. Pero para ello había que hacer dos cosas: una era tener una buena cámara digital o un dispositivo que escaneara los libros hoja por hoja. Esta última labor resultaba bastante fastidiosa, pero si se quería escanear un libro completo, se podía hacer. De hecho, con esta tecnología “casera”, surgieron programas que permitían poner todas las fotos automáticamente en un archivo PDF y listo, teníamos un nuevo libro digitalizado.

Es fácil y económico hacerse de un dispositivo para escanear libros. La mejor opción es sin duda el usar una buena cámara digital. Sin embargo, tenemos el caso de Amazon, que con su Kindle, vende versiones electrónicas de muchos libros y estas parecen estar a buen resguardo de los piratas, porque aparentemente, no se pueden copiar a otros dispositivos. Corrijo: bueno, sí se pueden copiar a otros dispositivos, pero sólo funcionarán con el Kindle (o la versión de software para PC), del que los haya comprado. Si se dañan o si el disco duro que los contiene se echa a perder, Amazon los tiene en su nube y de nuevo podría uno descargarlos pero de nuevo, no se pueden compartir estos libros electrónicos con otros dispositivos.

Hay torrents en donde se supone, hay muchos libros a los cuales se les ha quitado los trucos que Amazon ha puesto para que solamente el dueño legal de un libro pueda leerlos. No sé si existan todos esos libros o sea simplemente un anzuelo para caer en algún desagradable virus o en el infame “adware”. Ahí cada quien tomará sus riesgos y sus decisiones. Sin embargo, es evidente que aparte de los libros, las películas, el software y los programas de televisión, ahora los libros se incorporan a la piratería.

¿Qué se puede hacer? Probablemente nada realmente. La piratería siempre existirá y quien no haya pirateado un contenido de otro, que lance el primer CD. Tal vez el único remedio sea cambiar el modelo de negocios. Apple, cuando sacó su tienda de músicas vendió el primer día un millón de dólares (dicen), a un dólar por canción. Este modelo hace que ya la gente no compre un disco por 15 dólares donde al consumidor lo único que le interesa es una o dos canciones de ese disco en particular. Pero es claro que la gente estaría dispuesta a comprar música si se le da una buena opción en costo.  Con este mismo criterio, con los libros podría hacerse algo parecido. Hoy en día en Amazon un libro en papel puede costar -digamos- 15 dólares, pero el mismo libro en formato electrónico cuesta 14.50 o mínimo 13.50 dólares. Esa diferencia entre formatos no es suficiente para pensar en comprarlo en el formato electrónico. Si un libro en papel cuesta 15 dólares, la versión electrónica quizás podría  costar 4 o 5 dólares. Ya aquí las diferencias parecen significativas y quizás sea la solución al problema de la piratería. A la gente, si se le da un precio razonable, comprará los productos.

Amazon se tomó el camino complicado, el de los derechos digitales, el de las codificaciones de cada libro para personalizarlo con el autor. Es una brecha llena de dificultades técnicas, amén de que incluso los lectores que compren libros así pueden hallar problemas. Puedo entender que no será fácil convencer a las editoriales de cambiar el modelo de negocios, pero como con la música, o cambian el modelo de ventas o serán pirateados sin misericordia. y se acabará el negocio.

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