Se ha puesto de moda un término llamado “el Internet de las cosas” que para nada es nuevo, pero sí está ahora mucho más presente que antes. ¿De qué se trata? La primera vez que escuché el concepto fue en una conferencia de una empresa que ya no existe, sin embargo, la idea era “conectar todo a Internet, hasta los focos de una casa”. ¿Los focos de una casa? En un principio sonó como un buen disparate, una de esas “fumadas” que luego nos encontramos en algunos visionaros de la industria.

Aquello fue por ahí del 2005 y parece que el visionario no estaba tan equivocado. Si bien todavía no tenemos todos los focos y lámparas de una casa conectados a Internet, parece ser que en el futuro posiblemente sí estén conectados. Pero, ¿para qué?

Con el paso del tiempo, el abaratamiento de la tecnología, la presencia casi obligada de redes WiFi en casas, oficinas y lugares públicos, los usuarios estamos permanentemente expuestos a una posible conexión a Internet. Pero también los objetos que se encuentran en esos lugares. Pensemos en una casa tradicional: existen focos, chapas, persianas, aires acondicionados, una amplia o limitada colección de electrodomésticos y, por supuesto, computadoras, tabletas, televisiones y celulares. ¿Qué se puede hacer con todo esto interconetado?

Casi casi como caricatura de “Los Supersónicos” con el Internet de las cosas podríamos recibir un mensaje del tipo “Señor X, el tercer foco del pasillo superior en su casa se ha fundido y no tiene más de repuesto. De acuerdo a sus instrucciones hemos solicitado el reemplazo y llegará en dos días”. ¿Que qué? Así de simple, así de complejo, así de peligroso.

En un mundo ideal es muy “antojable” llegar a este nivel de automatización, por ejemplo “Su lavadora y secadora llevan un año sin servicio, he solicitado a los técnicos que acudan a su casa dentro de dos días”. ¡Espérenme tantito! ¿Qué tal si no me interesa ni cambiar el foco ni darle mantenimiento a los aparatos? De inmediato podríamos pensar “Yo nunca autoricé esto, ¡qué les pasa!” pero obvio dentro de los veinticinco “¿está de acuerdo?” que alguna vez le dimos click sin leer, es probable que hubiéramos autorizado todo esto sin siquiera darnos cuenta.

Así es que, ¿el Internet de las cosas es malo o bueno? Todavía no hay respuesta específica a la pregunta. Hoy por hoy podemos, sin mucho esfuerzo, tener conectados varios aparatos a la red (con unas clavijas especiales que van al WiFi), cámaras de vigilancia o supervisión más o menos inteligentes, sensores de movimiento, liberadores de puertas, etc. Todo controlado desde un Smartphone (siempre y cuando la energía eléctrica y la conexión a Internet en casa no hagan de las suyas) y la red celular coopere. ¿De qué nos sirve?

Como siempre, todo depende. Para los que viven solos, posiblemente un sensor de movimiento sea buena idea, ya que en teoría nadie debe estar o nada se debe “mover” dentro de la casa. Para los que tienen niños pequeños en casa, igual y una cámara de vigilancia es buena opción para “echar un ojo”, pero de ahí a que las demás aplicaciones sean prácticas, creo que todavía nos falta un buen trecho.

Es más, me atrevo a pensar que en el futuro las casas serán los reductos libres de tecnología en muchos casos. Existirán personas y familias que prohíban el uso de celulares dentro del hogar y, obviamente, no les interesará tener nada conectado a nada. Después de todo, si las cosas siguen como van, tendremos un exceso de información, conexiones y demás datos siempre con nosotros, entonces, igual y la casa sea el paraíso análogo del futuro. ¡Nada de focos que avisan cuando se funden! Nada más faltaba eso… porque el siguiente reporte podría ser “Oiga, usted es un desobligado, falto de responsabilidad e interés en su casa: es la novena vez que le recordamos que tiene varios focos fundidos, no le da mantenimiento a sus electrodomésticos y, además, todo lo que metió en su refrigerador en las últimas semanas ya se encuentra podrido. ¿Gusta que pida una pizza?

 

Esta columna fue publicada originalmente en la edición Febrero 2015 de la revista MUST tech & style