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Korenfeld

Una vez, por allá de la década de los 90, un alto funcionario federal, que era familiar de una compañera de la escuela, me contó, entre risas y un par de cervezas, cómo había usado un transporte de la dependencia en la que trabajaba para irse de compras a Houston.

Esa tarde, mientras esperaba a mi amiga para ir al cine (por cierto, para ver “Sólo con tu Pareja”, primer filme de Alfonso Cuarón), este señor compartió conmigo, entre otras cosas, la forma en la que aprovechó sus viáticos durante un viaje a Canadá para comprar un reproductor de Laserdisc y una televisión de pantalla plana.

Esas “anécdotas”, que el funcionario compartía con un atónito estudiante de preparatoria (yo,  pues), le llenaban de orgullo y constantemente repetía la frase “porque nadie se da cuenta”.

En esos años, la telefonía celular todavía no se masificaba, el internet prácticamente no existía (bueno, sí existía pero no lo usaba la gente común) y el control sobre los pocos de medios de comunicación que había era riguroso, por lo que, efectivamente, era difícil enterarse de actos como los que me relató ese señor en ese departamento de Santa María la Rivera.

El avance de la tecnología, aunado a la modificación de algunas leyes y una nueva realidad social, ha hecho que hoy la gente pueda ver en vivo cómo un legislador prefirió ir a ver el Superbowl en vez de ir a trabajar, leer el tuit con el que la hija de un funcionario logró clausurar un restaurante “porque la trataron mal”, atestiguar cómo un político se guardaba fajos de billetes en el saco y hasta pide unas ligas extras para acomodarlo… y descubrir, mediante unas fotos compartidas en Facebook, la manera en la que el titular de la Comisión Nacional del Agua usa un helicóptero de esa dependencia para iniciar sus vacaciones familiares.

La tecnología también permite verlos una y otra vez, criticarlos, defenderlos (sí, hay quienes los defienden), opinar, enojarse, insultarlos y exigirles cuentas de sus actos; pero, al parecer, lo que no ha logrado es evitar que estos abusos del poder sigan presentándose y, como se puede ver en las páginas de Facebook de algunos hijos de políticos y de líderes sindicales, todavía alardean de ese poder que les da ocupar un cargo público.

Mientras estas denuncias se queden únicamente en comentarios de indignación de Facebook, en memes y en millones de reproducciones en YouTube no pasará nada y estos “pecados” serán fácilmente desaparecidos por un ejército de bots o por cualquier otro fenómeno viral.

Las personas que quieren cambiar al mundo utilizando la tecnología no podrán lograrlo mientras las redes sociales sean dominadas por los activistas de sofá, esos que sólo se limitan a quejarse de los miles de pesos que cuestan los relojes de los políticos o a criticar que los atienden en hospitales particulares.  Así de simple.

Por cierto, el familiar de mi amiga que presumió sus tranzas en el Gobierno fue acusado de fraude seis años después, pero hoy es jubilado de la dependencia en la que trabajaba… ¿Cómo lo sé?: Lo acabo de leer en Facebook.

Desde la Red…
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