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Sobre los teléfonos celulares

La telefonía celular lleva ya muchos años de existencia y desde el primer teléfono que sacaron, que parecía un ladrillo, a los modernos teléfonos inteligentes...

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La telefonía celular lleva ya muchos años de existencia y desde el primer teléfono que sacaron, que parecía un ladrillo, a los modernos teléfonos inteligentes que ahora tenemos, han pasado muchas cosas y se han desarrollado nuevos negocios que nadie antes habría imaginado. Por ejemplo, los teléfonos se convirtieron en los asistentes personales, como la Palm en su momento, con la diferencia de que este último dispositivo no tenía manera de comunicarse con el exterior. Y sí, hubo dispositivos Palm que podían conectarse a Internet de forma primitiva pero ya era tarde, los teléfonos inteligentes habían llegado y Palm desapareció (bueno, fue vendida a Hewlett-Packard, que parece ser hizo una pésima compra de donde nunca pudieron sacar provecho, empezando por WebOS, un poderoso sistema operativo móvil que terminó por convertirse en código abierto y en donde -parece- habrá quedado como un interesante trabajo lamentablemente perdido).

Hoy en día los teléfonos inteligentes abundan. Los hay de gama baja, media y alta, y desde luego, las diferencias entre estas categorías tiene que ver con qué hardware y software tienen los diferentes aparatos. Sin embargo, ya prácticamente todos los teléfonos inteligentes tienen acceso a una tienda virtual. Los tres competidores parecen ser iOS, Android y Windows Phone (en ningún orden en particular), y el éxito de algún teléfono depende no sólo de su construcción y sus materiales, sino de que las empresas que los fabrican den soporte, tengan una amplia tienda de apps que puedan comprarse o descargarse gratuitamente, para facilitar las posibilidades de lo que pueden hacer con el teléfono.

Debido a que los teléfonos modernos se pueden conectar a Internet directamente, empezamos a ver que el teléfono es una computadora portátil, con tanta memoria como muchas computadoras de escritorio, que permite en la palma de la mano hacer maravillas. Es interesante notar que las llamadas por celular cada vez son menos, mientras que los mensajes en modo texto han crecido exponencialmente. Algunas cifras indican que el número de mensajes mandados en Estados Unidos por mes ha crecido enormemente, de 14 mil millones en el año 2000 a 188 mil millones en el 2010, de acuerdo a una encuesta del Instituto Pew y además, no se ve que este número vaya a decrecer o estabilizarse. La revista Time dice que los norteamericanos entre los 18 y 29 años mandan y reciben un aproximado a 88 mensajes de texto por día, comparado con 17 llamadas de teléfono. Esto decrece con la edad, pero incluso en personas mayores a 65 años, se tiene una razón de 5 mensajes por 3 llamadas. Aparentemente quienes más “textean” son los jóvenes. Por alguna razón prefieren escribir en sus tecladitos de sus teléfonos a hablar por voz con alguien ¿Será quizás esta la razón por la cual la interfaz por voz sigue sin ser utilizada masivamente? ¿Será que a la gente le gusta escribir más que hablar?

Pero más allá de esto, es interesante ver algunas de las reacciones de las personas que utilizan un celular. Estaba yo en el avión de ida a San Francisco, cuyo viaje -desde la Ciudad de México (iba a poner CDMX que tan de moda está)- es de 3:45 hrs. nada más. Cuando aterrizamos en Estados Unidos y el avión se detuvo, el Capitán indicó que podían usarse los teléfonos celulares. Inmediatamente todos a mi alrededor encendieron sus respectivos teléfonos y empezaron a ver si tenían mensajes o en su defecto, entrar a Facebook. ¿Por qué? ¿A poco todos estos personajes necesitaban ver urgentemente los mensajes que por 3:45 hrs. no pudieron ver? Me pareció muy curioso, porque después de esta actitud, algunos dejaron sus celulares o porque no hallaron mensajes o porque querían mejor tomar sus maletas y salir del avión.

Otro caso que vi fue en el regreso a la ciudad de México. Un joven connacional, sentado a mi derecha, al otro lado del pasillo, prendió su teléfono desde que se sentó en su asiento y estaba como hipnotizado tratando de resolver un Sudoku. El joven no apagó su juguete como indicó el Capitán, al momento de salir de San Francisco. Las azafatas pasaron varias veces por el pasillo y no le dijeron nada. Obviamente eso de que los teléfonos celulares pueden interferir con las comunicaciones internas del avión es un viejo mito que ya nadie cree y pienso que en algún momento, pronto, esta restricción de apagar los aparatos electrónicos al despegar u aterrizar, desaparecerá de la práctica aeronáutica comercial. Pero regresando al asunto, era muy interesante ver al joven aquel con la vista concentrada en la pequeña pantalla de su teléfono por no sé, una hora completa.

Y no se crea que quiero hacer una apología sobre los celulares, ni el re-educar a los adultos a que saquen sus teléfonos con medida o sensatez y que no lo tengan que ver para todo. Es claro que estar comunicados e informados ahora es mucho más factible por la existencia de estos dispositivos y pienso que cada quien debe saber cómo racionalizar su uso. Porque miren, entrar cada cinco minutos a ver qué nueva tontería han puesto en Facebook o ver cada 40 segundos si tengo algún mensaje en espera, resulta cada vez más ridículo, pero cada quien debe ser libre de hacer lo que le plazca finalmente. De hecho, esas iniciativas de que en comidas o cenas en restaurantes se pongan los celulares apagados y el primero que lo levante paga la cena resultan hasta infantiles. En mi opinión, el celular moderno da muchas más alternativas que hablar por teléfono, para estar informado, para tomar videos o fotos, y el satanizarlo tampoco me parece buena idea. Tal vez lo que pasa es que en el mundo hay mucha gente que tiene la idea de que tiene que re-educar a todos a su alrededor, como si fuésemos niños chiquitos, ¿o no?

Quizás se usa más de la cuenta el teléfono celular hoy en día… ¿Pero a quién realmente le incomoda?

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