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El mundo real parece fácil de vivir. Por ejemplo, uno va a una tienda y se compra un objeto, lo que sea, puede ser algo de comer, jamón, queso, o bien, un artículo de limpieza, detergente, jabón, etcétera. Uno paga lo que ha adquirido y se lo lleva. Intercambia uno así el dinero que uno tiene por los bienes y servicios que necesita. Todo esto parece muy simple, pero en el mundo moderno no parece ser igual.

Por ejemplo, yo compro un libro electrónico vía Amazon. Me lo mandan al iPad o a mi computadora de inmediato. No hay gastos de envío, pues la información viaja vía las redes inalámbricas. Y puedo entonces leer ese libro. Pero ¿qué fue lo que compré realmente? No lo sé a ciencia cierta porque sí, puedo leer el contenido del libro, incluso -con el software adecuado- puedo poner marcas y subrayar virtualmente el documento electrónico. Puedo hacer además que otros que lean el libro que compré en mis dispositivos nada más, no vean las notas y señales que puse en el libro si no quiero, pero ¿se lo puedo pasar a un amigo? No. En principio no puedo. Es como una copia personal para mis  dispositivos y ya. No los puedo copiar a otra parte, no los puedo siquiera prestar a terceros, como cuando me compro un libro real, con hojas de papel.

Y eso me hace pensar que los contenidos que compro no son míos, o al menos no en su totalidad. Por ejemplo, el otro día quise leer una revista que había comprado de forma electrónica. No tenía Internet pero pensé que eso no era importante, porque se suponía que el libro ya lo había descargado del sitio web donde lo compré. Pero ¡oh sorpresa! Cuando entré al lector Kindle, éste me dijo que para poder leer el contenido que ya había comprado, necesitaba a fuerza una conexión de Internet. Entonces ¿qué compré? ¿dónde está?

Y esto es aún más curioso porque miren, cuando compro algún libro puedo leerlo, utilizar la información que hay ahí y cuando ya no lo necesito, pues lo dejo en el librero… Pero con los libros electrónicos la cosa cambia, porque ¿dónde están? ¿En mi lector electrónico? ¿Y si éste se daña? ¿Los pierdo todos? Sé que si uno compra libros en Amazon por ejemplo, uno tiene ese registro de qué libros electrónicos compró y por ende, si se daña mi lector de libros virtuales o si lo cambio, o lo que sea, Amazon me mandará estos contenidos digitales de nuevo. Pero… ¿esto será de por vida? Pues en principio debería ser así y me llama la atención que una empresa deba mantener el acceso a los libros electrónicos que uno compro por los siglos de los siglos.

Yo no sé qué pasaría si de pronto cambia la tecnología. ¿Tendremos aún acceso a los libros de tecnologías más antiguas? Uno esperaría quizás que si pasa algo así, los contenidos se actualicen a las nuevas tecnologías, pero ¿si eso no ocurre? ¿Habremos perdido lo que compramos?

Pero hay más… ¿Por qué el vendedor se queda con mi copia digital? ¿Me la vendió o no? Porque si vamos a la analogía de la compra/venta, pues cuando uno adquiere algo se hace de eso. ¿No? Ya lo tiene el comprador y el vendedor deja de tenerlo. ¿Con qué derecho se lo queda y decide cómo lo puedo usar o no? Probablemente el asunto no sea tan simple. Son -parece ser- objetos virtuales que en el fondo no son reales totalmente. Quizás esa diferencia haga que todo sea diferente.

Quizás es por todo esto que no me terminan de convencer estas tiendas de libros y contenidos en formato electrónico. Me gusta tal vez ver los libreros con toda esa información que esta accesible tomando el libro que queremos y listo. Pueden “dormir el sueño de los justos” por todo el tiempo que queramos, que la información está ahí, plasmada en papel y tinta y no se borrará. Puedo prestárselo a algún amigo o pariente, puedo hasta marcarlo con mi nombre. Esos son los libros que me gustan. Los otros, los electrónicos, me siguen dando mala espina.

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