De acuerdo a la inefable Wikipedia, un flashmob, traducido literalmente de inglés como “multitud instantánea” (flash: destello, ráfaga; mob: multitud), es una acción organizada en la que un gran grupo de personas se reúne de repente en un lugar público, realiza algo inusual y luego se dispersa rápidamente. Suelen convocarse a través de los medios móviles e Internet, y en la mayor parte de los casos, no tienen ningún fin más que el entretenimiento, pero pueden convocarse también con fines políticos o reivindicativos.

Una de las particularidades de estas “tribus temporales” es que no requieren contar con el apoyo de los medios tradicionales  para comunicarse, coordinarse y actuar de manera conjunta, ya que su comunicación funciona a través de redes sociales virtuales. Se trata de individuos que, apoyados por las tecnologías de comunicación, difunden mensajes a sus redes sociales de amigos y conocidos, los cuales hacen lo mismo hasta construir una gran cadena de comunicación que es capaz de movilizar a miles de personas.

Recientemente, la actividad ha sido utilizada como parte de campañas publicitarias de diversos productos, programando la reunión en algún sitio público pero con la participación de bailarines y artistas que simulan un flashmob tradicional pero incluyendo aspectos de la marca que se promueve.

Pues bien, siempre sorprenden estos flashmobs y más aún aquellos que organizan un baile, un concierto, o alguna actividad multitudinaria y así como la representan -al terminar- desaparecen. Cada uno sigue su camino como si nada hubiese pasado.

Uno de los primeros fue el que ocurrió en la estación central de trenes en Nueva York:

He aquí el bolero de Ravel, con la Filarmónica de Copenhague (Sjællands Symfoniorkester) en la Estación Central de la capital danesa, donde el pasado 2 de mayo sorprendieron a todo el mundo con esta interpretación de la popular pieza:

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