Los elevadores son parte de la vida urbana. Son una necesidad en los edificios altos y los utilizamos muchas veces sin pensar mucho en ese hecho. ¿A quién no le ha pasado que se sube a un elevador y las puertas no cierran? Entonces oprimimos el botón de “cerrar puerta” con cierta insistencia y la vida entonces sigue. Lo curioso es que desde los años 90, en la mayoría de los elevadores, dicho botón no hace nada.

Tal vez sea una cuestión psicológica para los seres humanos el asunto de que controlamos a las máquinas, pero la realidad es que en muchos casos ya no sucede así. En los países del primer mundo, por ejemplo, hay botones en las esquinas para que los peatones puedan eventualmente cruzar las calles sin problemas, pero tampoco funcionan, son una mera ilusión. Pasa lo mismo con los botones de las puertas del metro de Londres y en algunos termostatos de las oficinas que regulan el clima. En muchos casos esos botones están simplemente desconectados del sistema pero quizás nos hace sentir mejor esa idea de que nosotros tenemos el control.

La razón por la cual el botón de cerrar la puerta no funciona en los elevadores es porque en los Estados Unidos, debido al Acta de Estadounidenses con discapacidades, que se aprobó en 1990, urgió a los fabricantes de elevadores, entre muchas otras empresas, a asegurarse de que alguien con discapacidad pudiese tener tiempo de entrar al elevador en un momento dado. Por lo que si alguien va en silla de ruedas o con un perro lazarillo, no se tiene que preocupar porque la puerta del elevador se cierre sorpresivamente.

Karen Peñafiel, directora ejecutiva de la industria de los elevadores de los Estados Unidos, dice que la vida promedio de un elevador es de 25 años. La mayoría de los elevadores en operación en el país del norte tienen un botón de cerrar la puerta que no hace nada. Sin embargo, si se está en una emergencia o hay un trabajador dándole mantenimiento al elevador, éste puede tener acceso a ciertos códigos para que el botón funcione. Pero para la persona promedio que se sienta apurada o con prisas, sus impacientes dedos no harán nada al botón de cerrar puerta.

Esto es un buen ejemplo de un botón “placebo“, un botón que el usuario puede oprimir y que da la ilusión de ser funcional. Y esto no solamente nos hace sentir bien. Los investigadores han encontrado que en ocasiones, es una característica de seguridad. Por ejemplo, los botones en los postes en las esquinas para que los peatones crucen las calles también funcionan como placebo. Y funcionan como un elemento de seguridad porque incluso quien tiene la mayor de las prisas se detiene a presionar el inservible botón.

En el 2004, de los 3,250 botones para peatones en la ciudad de Nueva York, solamente quedan unos 120 funcionales. En otras ciudades hay mecanismos más sofisticados, como en el Reino Unido o Hong Kong, en donde funcionan a través de un sistema llamado Split Cycle Offset Optimisation Technique, el cual coloca a los botones de peatones en modo placebo cuando hay tráfico en horas pico, y se pone en modo operacional cuando hay muchos menos coches.

Lo mismo pasa con algunos termostatos que controlan el clima en muchas oficinas en Estados Unidos. Jared Sandberg, del Wall Street Journal, en 2003 escribió sobre Michael Downey, ex vicepresidente senior de operaciones de una empresa de bienes raíces en Nueva York. Fue uno de los primeros que se dio cuenta acerca de los termostatos tontos en los años 60 del siglo pasado.

Downey le dijo a Sandberg que algunas compañías incluso van más lejos, instalando generadores de ruido blanco para emular el sonido de los ventiladores aunque el sistema estuviese apagado, de forma que los trabajadores pensaran que la oficina estaba climatizada. Otros termostatos han sido programados para operar en cierto rango pequeño de temperaturas, por ejemplo.

Así pues, el león no es como lo pintan.

Referencias: Science Alert 

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