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La importancia de llamarse Ernesto es una obra de teatro de Oscar Wilde, la cual se dice, alcanzó la cumbre dramática. Incluso algunos añaden que es su mejor obra. Quién sabe. Lo que sí que es indiscutible es que es una de las piezas teatrales más exitosas de todos los tiempos. Representada por primera vez en el 14 de febrero de 1895 en el teatro St. James’ de Inglaterra. Su originalidad es innegable, incluso en el propio título hay un juego de palabras, pero para entenderlo hay que hacer referencia al título en su lengua original: The importance of being Earnest. Ernest es el apodo de uno de los personajes, pero que se pronuncia igual que earnest que significa formal (para todos los personajes es fundamental dar una apariencia de formalidad). El problema de leerlo en otra lengua es que se pierden, al igual que el del título, otros juegos de palabras.

Y aunque es un juego de palabras, debió quizás llamarse: La importancia de ser honrado. El título que le puso Wilde y el juego de palabras, con el subsecuente error de quien por primera vez lo tradujo al español, nos hacen ver que es un hecho ese dicho italiano de “traductor traidor”.

Y esto viene a cuento porque en mi opinión, Microsoft debería ya dejar de llamar a su sistema operativo Windows, como Windows. Digamos que en todos estos años, el sistema operativo de la empresa de Gates ha sufrido todo género de cambios y además, de versión en versión han tenido éxitos como fracasos. Por ejemplo, una de las versiones más estables y favoritas de muchas personas es Windows Xp (presumiblemente por “eXPerience”). Windows Vista resultó para muchos un fiasco y la versión 7 de Windows (regresaron a contar como antes y no asignarle a la versión el año, como en Windows 98, por ejemplo), parece ser quizás una de las mejores, de las más estables.

Sin embargo, creo que ya etiquetar a Windows como Windows no resulta buena idea. Causa una serie de recuerdos y percepciones entre los usuarios que muchas veces no es la mejor. Por ejemplo, Windows Milenio resultó verdaderamente malísima y rápidamente la empresa de Gates se fue olvidando de este feo experimento.

Mi sugerencia es que el sistema operativo cambie de nombre. “Ya el nombre Windows no es cool“, me dijo el otro día un buen amigo. Porque Windows -aunque ya se asocie a sistemas operativos como Kleenex a pañuelos desechables- no tiene la mejor de las famas. Ahora que Microsoft ha hecho esta nueva interfaz que originalmente se llamó Metro, bien podría llamarle Metro OS, por ejemplo (a menos que alguien haya ya registrado ese nombre, no lo sé).

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Yo no entiendo mucho de comercialización de productos, pero creo que si se le cambia el nombre al sistema operativo, y además, se hace énfasis que es 100% compatible con los Windows anteriores, entonces no habría mayor problema. En mi opinión pues, creo que ya es hora de ir enterrando el nombre de Windows.

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