¿Se acuerdan que en este post les conté sobre la muerte súbita de una LCD? Pues bien, yo no sé si es por el próximo día de muertos pero la caprichosa pantallita ¡revivió!
Ok…exageré. Su espíritu electrónico no regresó de la nada, sino gracias a las manos del ingenioso técnico  —y a las piezas que tardaron una semana en conseguir—.

Con todo y mi pensamiento apático y fatalista —cuando algo no funciona—, he de admitir que la asistencia técnica fue muy efectiva. Hice un reporte, me dieron una clave para seguir el proceso de reparación e hice una cita para recibir al técnico.

¿El único inconveniente? coincidir con la agenda del técnico, quien podía revisar el aparato dos días después de la queja, en un horario de 10:00 a 18:00 horas. (horario imperfecto para la gente que busca la chuleta).

Después de una semana, mi amigo y el técnico coincidieron. Cual visita de doctor, llegó a su casa, le abrió la panza (a la enferma pantalla) y descubrió que algo no estaba bien; la comunicación entre la tarjeta madre y otra pieza (de la cual no me dijo su nombre) no funcionaba. La mala noticia: no podía cambiarlo en ese momento. Había que hacer un reporte y solicitar las piezas (¡y volver a coincidir en horarios!).

Una semana tardaron en llegar las piezas. Su servidora, Aura-López-tengo-culpa-moral, esperó al técnico un sábado a las 10:00 hrs: En cuestión de minutos, el técnico zafó los tornillos de la televisión, le quitó la cubierta, removió la tarjeta madre y la otra pieza. Las sustituyó, y cual Frankenstein… ¡la tele está viva!

Cuando le pregunté sobre lo qué había pasado, dijo que a lo mejor la tarjeta madre sufrió una descarga. Él creía que ésta no funcionaba pero para evitar dar más vueltas, de una vez cambiaba todo. Por supuesto, la garantía es de dos años y mi amigo no pagó un solo centavo (¡Fiu!, mi cabeza sigue en su cuello).

A la media hora, lo acompañé a comprar un UPS Tripplite 900 VA Omni. ¡Mi deuda está saldada! y yo, puedo descansar en paz.

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