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Los teléfonos modernos sin duda son una bendición: tienen Internet, son computadoras, fungen como asistentes electrónicos, permiten descargar de la tiendas virtuales, ya sea pagando o de forma gratuita, cualquier cantidad de aplicaciones -apps- que pueden resultar interesantes para sacar más provecho al teléfono.

¿Queremos una app que sirva para tomar notas? Hay cientos, con una infinidad de variantes, de paga o gratuitas. ¿Que quiero un programa que juegue al ajedrez? Hay decenas (por decir lo menos), que pueden ser usadas por principiantes o bien, avanzados (DroidFish, la versión de Android de StockFish, uno de los programas más fuertes para PC es imbatible en el teléfono).

Pero además de las apps, muchas empresas que fabrican algún dispositivo que hace algo, le agrega una app para darle más funcionalidad. Un ejemplo notable es quizás el robot BB8 que cuesta como 150 dólares (que tiene Aura y que por eso la odio). El robotito, que hace lo mismo que el de la película, tiene una interesante app que permite manipularlo y jugar con él. Es un plus interesante y hasta deseable. Claramente vender un juguete de 150 dólares debe traer algún plus y en este caso se ve que lo hay.

Pero también hay empresas que le agregan una app a su dispositivo como para hacerla más atractiva al usuario. Por ejemplo, el cepillo de dientes Oral-B PRO 7000 (hay que poner unos números para impresionar al respetable, quiero creer), es el primer cepillo, alega la empresa, que tiene conectividad Bluetooth y permite comunicarse con una app para guiar al usuario -en tiempo real- sobre cómo cepillarse, cuánto tiempo hacerlo, etcétera.

No dudo que todo esto sea atractivo para algunas personas, pero mi pregunta es si a la larga es importante. Recuerdo cuando me hice de mi iPod con el chip de Nike para correr. Al principio subía mis resultados del entrenamiento a la página de Nike, pero con el tiempo me empezó a dar una pereza monumental. Y sí, el sistema vía web hace gráficas simpáticas y puede ser que ayude al corredor que tiene ciertas aspiraciones porque en mi caso, sólo corro porque me gusta y porque quiero conservar la salud. Para colmo, se le acabó la pila al chip de Nike y no se puede abrir, hay que comprar otro. Lo hice, pero después de seis meses, quizás ocho, se le volvió a acabar la pila al nuevo y decidí salir a correr y ya.

Aquí hablamos incluso alguna vez de una bolsa muy sofisticada, que recoge el agua que se desperdicia al abrir la llave y esperar que el líquido elemento se caliente lo suficiente para poderse meter a bañar. Esta idea tiene una app que se echa a andar por el usuario cuando se abre la llave y nos indica cuantos litros se han ahorrado. A mí la verdad me parece una soberana tontería. En mi casa tengo un dispositivo menos sofisticado, que no tiene app, que no sé cuánta agua ahorro, pero que la guarda en algo que se llama “cubeta”.

Tal vez el problema sea que hay muchas ideas y todos quieren interactuar con los dispositivos que usan electrónica y pueden comunicarse vía el teléfono para dar más información al usuario, pero muchas veces esto es bastante irrelevante. Por ejemplo, en el caso de la bolsa esa para ahorrar agua, tal vez me interese saber alguna vez cuantos litros ahorré, pero no creo que siquiera la use una vez. Probablemente todo sea un argumento de ventas. No lo sé. Lo que sí sé es que nos han inundado de cuanta app que francamente no necesitamos.

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