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Viaje usted en el metro en México algo así como una hora y cuente cuántos vendedores ambulantes entran a su vagón para ofrecerle entre otros, los éxitos de José José, toda la música de la trova cubana, los más extraordinarios éxitos de la música clásica, las lecciones de inglés de Disney con la inefable Tatiana, etc. Es un ejército de vendedores ambulantes que ataca un nicho de mercado por demás cautivo: los usuarios del metro. El costo de cada CD no excede de $20 pesos y además ¡garantizado!

Lo mismo pasa en muchas calles de la Ciudad de México, en donde se colocan en el piso vendedores ambulantes que ofrecen un muy buen catálogo de películas en DVD. Obviamente hay desde las películas clásicas, las de culto, por ejemplo, hasta las que -sorpréndase- aún no han siquiera llegado a la cartelera. Aquí incluso el vendedor frecuentemente, sino es que siempre, hace alguna oferta tentadora: cada película a 25 pesos, dos por 40. Y además, después te las cambia -si quieres- por un módico precio. Una especie de Blockbuster callejero, totalmente pirata, pero que finalmente es la alternativa al alto costo de muchas películas.

También los libros están corriendo la misma suerte. Hoy en día hay un esfuerzo gigantesco de colaboradores “anónimos” escaneando libros de todos los temas habidos y por haber, y estos se pueden encontrar no sólo en su estación más cercana del transporte público, sino en los grandes sitios de Internet donde se guardan archivos de manera gratuita, en donde no sólo hay archivos ” ilegales“, sino también muchos que son legales y compartibles sin violar ninguna ley.

Alguna vez supe de alguien que fungía de payasito muchas veces en la calle, y que como método alternativo de modus vivendi, se metía a los vagones del metro a vender cedés de Linux en alguna popular distribución (cosa que cabe decir, no es ilegal). El personaje en cuestión además, daba soporte técnico a quienes compraban su Linux y ofrecía incluso instalárselos. Para mí esto sí fue novedad.

Pero es claro que las casas disqueras, las casas productoras de películas, las que crean software, no estén nada contentas con esto. Evidentemente una venta de un filme “pidata”  es dinero que ellos no ganan, que a todo esto, no es pérdida, sino que simplemente no es ganancia. Lo mismo puede decirse con la música en formato MP3 o incluso de un libro que se consigue vía PDF.

Sin embargo, pensemos un poco en la otra cara de la moneda. ¿Qué compañía disquera, por ejemplo, puede tener ese ejército de promotores que son los vendedores ambulantes en el metro? Finalmente, si un artista no se promueve, la gente no lo conoce y al final del día, no vende. Lo mismo se aplica al software. Consecuentemente los ambulantes en el metro no necesariamente nos muestran sólo la perversidad de la piratería. Quizás hay margen para pensar que no son los malos de la película.

Vaya, mucha gente le gusta tener los artículos originales. Quizás vio una película pirata y decidió comprar la original. Cosa similar puede verse con los discos o con los libros. Vaya, yo puedo tener una enorme colección de libros en pdf, pero no hay como leer un libro en papel, ¿o me equivoco? Y si pensamos en el software, muchas veces algún programas que aprendimos  usar, sacado de una edición pirata, nos sirve para encontrar trabajo y en l empresa que decidió contrataarnos compra entonces el programa original, ¿o no?

Así pues, habría que poner a discusión los pros y contras de este fenómeno el cual, nos guste o no, es incontrolable por parte de la industria y/o las autoridades. Pero usted, lectora/lector del matukense sitio, ¿qué piensa al respecto?

 

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