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Ayer acudí a la peluquería (que no “estética”) a cortarme el pelo (poco, pero tengo que ir de vez en cuando). Curioseando entre lo que estaba ahí junto a mi, observé una televisión pequeña, un reproductor de DVD y una caja de discos pirata.

Mi peluquero de hace años, que se llama también Javier, es un señor que ronda los 60. La plática fue de lo más interesante. “Tocayo, ¿y esas películas salen buenas?”, “Ahhh, sí, super bien”. “Ah, y de a como te sale cada disco, veo que vienen tres en ese”. “50”. “Por 50 pesos te dan las tres, verdad, muy bien”. “See” me contestaba en un tono un tanto desinteresado. “Oye, ¿y hay cambio?”. “Sí, por 10 pesos”. Llevas la que compraste y te la cambian por otra por sólo 10 pesos. “Tocayo, y salen en español, con subtítulos o cómo?”. “Pues como vengan, pero se ven bien”.

Terminó su servicio, aproveché para tomar una foto del set de entretenimiento de mi peluquero y, por desgracia, recordé que el problema de la piratería tiene una arista importante en el precio de los productos originales. Ojo, no tenía una LCD de 42” ni un Blu-Ray, simplemente una tele en blanco y negro y un reproductor muy modestos que me imagino, usa cuando no tiene clientes. Por más argumentos que existan, ¿compraría mi tocayo una película original en, digamos, unos 150 pesos? Lo dudo mucho. A veces, la realidad pega demasiado.

Desde la Red…
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