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Hace unos días me encontré el ícono de Walmart en la tienda de apps del celular. Coincidió que se necesitaban algunos productos del súper en casa, así es que descargué la app y decidí “vivir la experiencia”. De forma ágil y con buenas funciones, el sistema “te lleva de la mano” para hacer el pedido, ya que puedes hasta escanear el código de barras del producto que necesitas (claro, si lo tienes en casa) y hacer el pedido. Así, hice lo propio con unos 10 o 12 artículos, que en total sumaban un poco más de 500 pesos. No me tomó más de cinco minutos. ¡Listo! ¡Qué maravilla! ¿En cuánto tiempo llegará? Esto lo hice como a las 7 de la noche.

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Al momento del “checkout” comenzó ese golpe de realidad que, desafortunadamente, se repite de forma constante cuando importamos modas tecnológicas. No recuerdo bien los detalles, pero después de registrarme en el sistema, pensé en poder pagar con PayPal o de perdida con cargo a tarjeta de crédito. Continué con el proceso ya con el puro espíritu de investigación y ¡qué decepción! Es una simple app “toma pedidos”, no en tiempo real, no revisa el inventario contra la tienda, no sabe nada de nada. Es una forma automatizada y eso sí, muy tecnológica, de tomar un pedido. ¿Hora de entrega? ¡Ja!

Especifiqué pago con tarjeta de crédito en el proceso porque pensé que pagaría en línea. Pues no, al momento de seleccionar a qué hora lo quería recibir del día siguiente … ¿mandéeee? ¿del día siguiente? Pero si apenas son las 7 de la noche, el sistema me dijo algo así como “gracias por su pedido, vamos a revisar qué hay en la tienda que seleccionó y luego le decimos cuanto fue”. Ah, porque desde que tienes que seleccionar qué sucursal te va a atender, como que algo no es tan automático en el sistema.

Ya sin mucha ilusión y sólo por terminar dije que sí. Cuando me di cuenta que llegarían a casa al día siguiente “entre 11 y 12 del día” y había que pagar con tarjeta, es decir, con el plástico, entendí que tenía un pequeño problema, pues no estaría en mi domicilio esperando el súper. Así es que llamé al centro telefónico de atención y me atendieron muy bien, pero no sirvió de nada.

Le comenté al ejecutivo que había seleccionado pago con tarjeta pero que en realidad no sabía que no era en línea, así es que quería cambiar a pago con efectivo “en este momento en el sistema estoy indicando eso, no se preocupe, gracias por llamar al centro de atención a clientes”.

Ok. ¿Cuánto será el total del pedido? ¿Si no hay un producto? ¿Cómo diablos voy a saber cuánto dinero dejar? Me olvidé del asunto hasta el día siguiente en la noche que regresé a casa … “no, tu pedido un relajo, el cuate que vino decía que íbamos a pagar con tarjeta así es que no tenía cambio y no sabía que procedía” … pero si llamé, me confirmaron, me dijeron que sí, etc.

En fin, ayudado de los vecinos de arriba y de abajo finalmente “completamos” para el cambio, propina y demás y todo llegó muy bien. Sin mayor problema. La experiencia de recibir los productos fue igual a como si hubiera llamado por teléfono para hacer el súper. Entonces, ¿para qué tanta app, tanto desarrollo y tanto escaneo de códigos? Pues no sé. Se me hace que hay un eslabón perdido en esta tragicomedia del comercio electrónico en este país. No concibo cómo éste –y tal vez otros- sistemas son sólo “toma pedidos” sin conexión con los inventarios para revisar existencias. ¿Lo harán diferente otros supermercados? No tengo idea, pero entiendo que Walmart va a la cabeza en desarrollo local de estas tecnologías.

Así es que estamos fritos. Puede ser un problema de volumen, es decir, para los pocos pedidos que van a recibir, ¿para qué diseñar y mantener un sistema más sofisticado? Si yo tuviera que tomar la decisión, pues igual no lo haría. Al fin que es mejor ir al súper … o a la Comer, o a donde quieran, porque esto de los pedidos de productos de un supermercado por Internet tendrá que esperar varios años más para ser realmente competitivo, oportuno, preciso y, sobre todo, vanguardista.

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