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Hace muchos años, una tarde estaba jugando en una Apple II con mis amigos en un juego de Pinball (escrito por Bill Budge, de Electronic Arts). Podían jugar hasta cuatro personas (cada quien en su turno) y esa tarde pasamos un muy buen rato. Nos retamos a ver quién era mejor, mostramos nuestras torpezas y habilidades en el juego y reímos de buena gana cuando nos equivocábamos. Nos asombrábamos cuando alguien demostraba más habilidad que los demás y hacía muchos puntos. Fue una tarde entretenida, por decir lo menos.

Sin embargo, un par de días después me senté yo solo a jugar el Pinball de Budge. Era el mismo juego pero por alguna razón no me pareció tan divertido. Y hasta estaba jugando mejor que el otro día, pero algo faltaba. Y entonces caí en la cuenta de que faltaban los amigos. La diversión no estaba en sí en el juego, sino en el compartirlo con otros. Y sí, puede sonar cursi, pero es la verdad: el juego era divertido porque había amigos y reíamos todos y la pasábamos bien. Compartíamos pues.

Y todo esto es una reflexión porque hoy en día el teléfono celular ha permeado tanto en nuestras costumbres que no podemos dejar de sacarlo en todo momento. No sé, es que quizás llegue un correo que estoy esperando, o bien, tal vez alguien actualizó su estado en facebook y entonces me estoy perdiendo de lo que está diciendo. Más de una vez respondí a quien me cuestionaba sobre cuanto tiempo pasaba frente al monitor de la computadora solo que realmente no lo estaba, pues a través de las redes sociales estaba en contacto con tanta gente que de hecho, era ridículo pensar que estaba solo.

Pero hoy he visto el video de Gary Turk y creo que mi opinión ha cambiado. A manera de verso Turk hace una interesante reflexión sobre estos tiempos del teléfono móvil omnipresente. Podemos estar en una reunión, con amigos, pero no faltará la extraña necesidad de sacar el teléfono y revisar los mensajes pendientes. Como si estos se fuesen a ir. Ahí estarán de hecho, aunque no los veamos. ¿A cuenta de qué esta extraña adficción a la información banal? (porque muchas veces no tiene ninguna importancia los mensajes que nos llegan).

Y Turk dice cosas como estás: “Tengo cuatrocientos amigos en Facebook y los veo a diario a través de la red social pero no me conocen. No saben nada de mí ni sé realmente nada de ellos. No nos vemos a los ojos. Somos un nombre en la pantalla”. Y me parece que da en el clavo. Miremos hacia arriba en lugar de ver hacia abajo las pantallitas de nuestros teléfonos. Eso puede esperar. Quizás haya que hacer un esfuerzo al principio, pero más allá de si es una falta de educación ver el celular cuando uno está en una comida, por ejemplo, disfrutemos la compañía, intercambiemos opiniones, ríamos juntos y vaya, hasta quizás nos enamoremos. Ver la pantalla, indica Turk en su video, elimina incluso algunas oportunidades que quizás no se den una segunda ocasión. Y aunque desde luego, el video podría considerarse exagerado, dice muchas verdades que me parece, deberíamos considerar.

Por eso, esta necesidad creada la voy a empezar a eliminar de tajo. Sólo veré mis mensajes en el teléfono cuando no haya nadie a mi alrededor. No sustituiré la alegría de los hermanos, amigos y parientes que quiero por estar atento a lo que dicen en las redes sociales que, en general, es absolutamente irrelevante. Sugiero pues que ustedes hagan lo mismo.