mundoPareciera algo inocente enviar un mensaje por Twitter, subir esa foto a Facebook, contestar un correo electrónico sin aparente importancia, responder el SMS sin mayor preocupación. Todas estas actividades de la vida “moderna” parecen, precisamente, tan naturales como el amanecer y que son inofensivas. Pero… no por nada, un mundo nos vigila. O más bien, un grupo de programas de cómputo pueden llegar a vigilarnos más de la cuenta, eso sin dejar pasar las personas que son contratadas específicamente para “monitorear” la actividad en línea.

Lo queramos o no, poco a poco vamos construyendo y dejando una “huella digital” en cada sitio que accedemos, en cada red social que usamos y todos los correos que enviamos. Así son los sistemas. Una computadora no puede pensar, no puede decidir entre un simple “sí” o “no” si hay que razonar. Pero, ¿qué tal si se trata de buscar entre millones de documentos? La computadora arroja el resultado en segundos. Y eso es precisamente lo que vamos dejando todos los días: un rastro, unas huellas y un patrón de comportamiento en línea que tarde o temprano será usado a nuestro favor o en nuestra contra.

Para nadie es secreto que en muchas empresas -sobre todo norteamericanas- se busca en Google y en Facebook el nombre del aspirante a casi cualquier puesto. En unos cuantos segundos se trendrá en pantalla la información que tal vez se esté buscando y la que no también. Un “inocente” perfil en Facebook que detalle con precisión y con fotos las tremendas guarapetas que un recién egresado de la universidad normalmente experimenta, ¿qué tan bien o mal podrá hablar de él?

Si una persona por decisión propia usa Twitter para vociferar y criticar agudamente una marca -para dejarlo sencillo- y luego por esas azarosas vueltas que da la vida, resulta que pide trabajo en la empresa que la fabrica y él ya ni se acuerda… ¿tendrá problemas? Hay que recordar otra gran característica de Internet: nunca olvida. O más bien, todo se queda grabado y a un clic de distancia.

Haz la prueba. Busca en Google tu nombre, ponlo entre comillas para que la búsqueda sea más certera (“nombre apellido”). Comprueba lo que sale. Revisa bien, con detalle. Entra a tus fotos en Facebook (o cualquier otra red similar), lo que está ahí, ¿no te compromete de alguna forma? Si usas Twitter, tu “timeline” ¿no tiene uno que otro mensaje por ahí que te podría traer problemas?

Esos son los datos más estables y con permanencia en la red. ¿Qué tal los correos electrónicos? ¿Qué tal los SMS? ¿No la has regado? Es muy probable que sí. A todos nos ha pasado de repente que se va en la “CC” o copia al carbón alguien que no necesitaba enterarse de una plática. Con los SMS igual, ¿nunca te has equivocado de destinatario? El correo en particular, siempre puede quedar grabado en los servidores de la empresa y, claro, siempre puede ser usado en tu contra. Es más, estoy seguro que a estas alturas del desarrollo tecnológico ya de repente dices “no, mejor esto te lo platico en persona, no por mail”.

¿Qué hacer? Portarse bien. Entender que “un mundo nos vigila” queramos o no. Apreciar que aunque conservemos nuestra privacidad, las redes sociales han venido a cambiar nuestra forma de interactuar con la tecnología y si antes sólo consumíamos lo que había disponible en los sitios, hoy cada uno de nosotros es un generador de contenidos.

Así es que si los cuates quieren subir las fotos del último viaje a la playa donde apareces en condiciones no muy apropiadas, sugiéreles que no es buena idea. Por supuesto compartan las fotos, véanlas, ríanse todo lo que quieran, pero no tienen por qué llegar a Internet. Una vez que tocan la red, será muy difícil liberarse de ellas. Es la tecnología… porque sin duda, un mundo nos vigila y ni cuenta nos damos.