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El pasado miércoles desperté temprano y de inmediato sentí algo raro en lo que se conoce como el “cachete” derecho… como cuando se adormece por la anestesia. La sensación corría desde la mitad de los labios hasta cerca del oído… ¡me lleva! Por alguna razón, de vez en cuando me sucede eso y se trata de una infección por dentro, conocida típicamente como un absceso. El detalle es que no estaba en México. Me encontraba en la ciudad de Orlando, cubriendo un evento de BlackBerry.

Despertando con esas novedades todo sucede muy rápido. ¿Qué hacer? El dolor era más o menos soportable, pero tenía todo el día por delante, con muchas cosas que hacer, entrevistas, etc. Me costaba trabajo hablar bien. No llevé la medicina homeopática que siempre uso y por alguna razón la olvidé. Mmmm. ¿Qué hacer? Claro, lo primero que uno piensa es en regresar rápidamente a México o su ciudad de origen, pero esa no era una opción. De inmediato pensé en ponerme en contacto con mi sobrino médico, que por el destino, se encuentra en USA estudiando… así es que le mandé un mensaje por el mensajero de BlackBerry. Me contestó en cosa de 20 segundos.

Tenía semanas de no verlo, sabía que estaba en esas tierras porque se despidió hace tiempo, pero la tecnología lo puso disponible de inmediato. “¿Qué tienes?… “Ya sabes, otro triste absceso”… “Ah, ok. Pues tienes que tomar el chocho”, “Sí, pero no lo traigo”… “¿Dónde estás?”, “En Orlando”. Todo eso fue chateado, escribiendo directo en el teléfono, “en tiempo real”. El asunto era encontrar dónde vendían lo que necesitaba, ya que los medicamentos homeopáticos en ese país no se consiguen sencillo.

“En los Whole Foods venden algunos chochos”. Ok. Conocía un par de sucursales en otras ciudades, pero nunca en Orlando, así es que rápidamente cargué Google Maps y localicé la más cercana al hotel donde me hospedaba, estaba a unas 15 millas. Nada mal. “Ya encontré uno, está cerca, ¿qué compro?” le pregunté a mi sobrino… me dio las indicaciones y listo.

Con dolor pero con esperanza llegué al lobby del hotel “necesito un taxi por favor”… “ah, sí, claro, ahí hay uno”. Al abordar, le pregunté al chofer “¿Sabe llegar a esta dirección?” … Me dijo que sí así es que, adelante. Al iniciar el recorrido le comenté que necesitaba que me llevara, me esperara y me regresara al hotel. Contestó que sin ningún problema (claro, el taxímetro es implacable y en dólares). Cuando tomamos una carretera, la duda tradicional de cualquier turista me asechó ¿me estará llevando al lugar correcto? ¿me entendió? ¿no me querrá llevar de paseo para cobrar más?

Cargué Google Maps en el celular, localicé la tienda a donde me dirigía y de inmediato trazó la ruta desde “mi ubicación”. Todo bien, en orden y al parecer hacia el destino solicitado. Llegamos sin contratiempos y al buscar la medicina, no había la que me había dicho mi sobrino. Comencé a textearle, “de esa no hay”, “ah, ok, de cuáles hay”. Así intercambiamos varios mensajes más hasta que finalmente me dijo qué comprar. Pagué, salí de la tienda y regresé al hotel en el taxi. De la cuenta mejor ni les platico, pero el asunto es que obtuve lo que necesitaba en menos de media hora, con las instrucciones precisas y con lujo de detalle.

Ya un poco más tarde y con la inflamación cediendo, se me ocurrió platicar aquí esta experiencia ya que la tecnología sigue pegando muy duro en nuestra vida diaria. Sin celulares con acceso a datos, esto me hubiera llevado simplemente mucho más tiempo y dinero, en lo que localizaba al doctor, buscaba la información de la tienda, el domicilio, etc. Con un simple teléfono (que puede ser cualquiera siempre y cuando tenga acceso a Internet y las aplicaciones necesarias) la verdad es que la vida, muchas veces, es más sencilla.

Muchos dicen que estamos en los albores de esta forma de comunicarse y permanecer siempre en línea. La verdad, no sé qué más podremos hacer en el futuro. Desde hace tiempo que he perdido la capacidad de asombro en cuanto a novedades tecnológicas, pero cuando a uno le toca usar la tecnología de la que tanto escribe para un asunto apremiante, en realidad se aprecia lo sencillo y práctico que son ahora muchas actividades que, antes, hubieran tomado -en el ejemplo que pongo- gran parte de la mañana.

La historia de mi infección es que cedió a los dos días y todo sin novedad. La historia de cómo usé la tecnología para comunicarme, localizar y resolver rápidamente el problema, se quedará siempre en mi recuerdo. Y, por cierto, ¡muchas gracias a mi sobrino por la ayuda a control remoto!

Desde la Red…
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