Sobre la maldad humana

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Manuel López Michelone 7/sep/2013, 02:15 pm

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No sé ya cuánto tiempo tiene de esto, pero ya hace al menos un par de años que recibo esas cartas de alguien que ni me conoce, que me cuenta una historia sobre una buena cantidad de millones de dólares, depositados en un banco, los cuales pasarán a ser bien de la institución bancaria porque el titular ha muerto y no hay quien reclame ese dinero. A eso le llaman el fraude nigeriano y se sabe que, desde luego, no hay millones de dólares para nadie. Con el tiempo las misivas han cambiado de tono. Ahora es una anciana moribunda que dejará este mundo pues sufre un cáncer galopante y quiere donar su enorme fortuna a mí, un desconocido pero claro, no confía en nadie desde que su marido le dejara millones de dólares que ella no podrá usar porque se está muriendo.

Todo esto es obviamente fraudulento, pero quienes han organizado semejante trampa conocen la naturaleza humana. Por una parte, la avaricia nos gana, sobre todo si hablamos de tanto dinero que nos podríamos hacer de golpe y plumazo. De hecho, un amigo un día me dijo que recibió una de esas cartas y me comentaba: “y qué tal que es cierto”… Y mi amigo no es ningún idiota, pero el mecanismo de la avaricia cegaba su razonamiento… Porque a ver, ¿quién te va a dar dinero (sobre todo tantos millones de dólares) si ni siquiera sabe quién eres? Es evidente que esto no puede ser verdad.

El fraude nigeriano se reduce a esto: uno contesta la carta diciéndole que está interesado. Le responderán que dé sus datos e incluso, le pedirán su teléfono para comunicarse con ud. En algún momento, cuando los maleantes vean a la víctima segura, le pedirán una cantidad para poder hacer los trámites administrativos. Dicha cantidad va de 1000 a 50,000 dólares. Se la pueden pedir en una sola exhibición o en varias. Después de todo pronto en su cuenta de banco se llenará de cantidades de seis cifras. Muchos han caído. Incluso algún mexicano se fue a Nigeria a ver qué pasaba y cuando se citó con los malosos estos le pusieron una paliza que lo dejó sin ganas de nada más. Hay muchas historias sobre esto, por lo que recomendamos este sitio.

Los defraudadores siempre han existido y en mi opinión, todos ellos son parte de lo que yo he dado en llamar la maldad humana. Por ejemplo, fíjense en esta nota sobre el hombre que vendió la torre Eiffel (de acuerdo a la wikipedia):

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Víctor Lustig

Victor Lustig fue un personaje muy particular ya que, merecidamente, pasó a la historia como el mayor embaucador de todos los tiempos. Dotado de un carisma embriagante y con una sonrisa compradora, Victor, quedaría inmortalizado como “El hombre que vendió la Torre Eiffel”. Ya poseedor de un profundo historial de estafas, como el haber vendido máquinas que imprimían dinero en su juventud, Lustig se lanzaría a realizar uno de los mayores engaños de la historia cuando en 1925, al leer en un periódico sobre los sonantes problemas que tenía la ciudad a causa de los gastos de mantenimiento del emblematico monumento parisino, adoptara el falso personaje de un oficial de gobierno y le enviara una invitación de negocios a seis comerciantes de la industria metalúrgica. Armando una reunión en la misma torre, donde ofrecería a los posibles compradores transporte en lujosas limusinas y elaborados discursos sobre los beneficios de comprar el monumento, Lustig se las arreglaría para hacerlos entrar en un remate en el cual apostarían una gran cantidad de dinero. El remate lo ganaría André Poisson, y tras este, ya con un maletín repleto de billetes, Victor tomaría un tren hacia Vienna donde viviría como un duque por varios años. Sin embargo, las aventuras de Lustig no terminarían con esto.

Un tiempo después de su particular venta de la torre convencería al mítico Al Capone de realizar un negocio, inexistente, por 40 mil dólares. Tras mantener durante dos meses el dinero en una caja de seguridad Victor lo regresaría a Capone con una falsa nota de disculpas y el comentario de que el negocio había fallado. Capone, sorprendido por la “integridad” de éste buen hombre, le enviaría la suma de 5 mil dólares en señal de agradecimiento por no haber escapado con el dinero. De esta manera Lustig se quedaría no solo con una considerable cantidad de dinero sino que, además, ganaría el favor y amistad de uno de los mayores jefes de la mafia, solo por haberlo estafado!!.

Abusando de su suerte, varios años después, sería atrapado en uno de sus negocios y enviado a la prisión de Alcatraz. De todas maneras se las arreglaría para vivir como un Rey dentro de la misma.

Cabe señalar que el defraudador vendió más de una vez la Torre Eiffel. El primer comprador, André Poisson, no lo denunció porque cuando se dio cuenta del error cometido, se sintió tan avergonzado de haber entrado a este “negocio” que no dijo nada. Ello dio pie a que Lustig “vendiera” una segunda ocasión la Torre Eiffel. Increíble.

Pero el asunto fraudulento se puede erradicar si tomamos en cuenta lo siguiente para no ser defraudados. Desconfíe de propuestas demasiado jugosas, que se pueden realizar en pocos días y probablemente fuera de la ley. Obviamente, desconfíe de extraños que le proponen negocios. No se fíe tampoco de alguien que le pide mantener todo en reserva o confidencialidad. La mayoría de los fraudes pueden ser detectados por estos hechos.

Pero la maldad humana va mucho más allá. Recibo un correo en donde alguien me dice que soy su amor imposible, pero que no se anima a contactarme con sus datos reales. Pero que en el mientras, me manda una tarjeta postal electrónica. Ajá. Veo el enlace de esta tarjeta y es un archivo ejecutable. Evidentemente dicha tarjeta es un virus. ¿Por qué alguien hace esto? ¿le parecerá simpático dañar mi equipo (o el software del mismo)? ¿Y para ello apela a este recurso? ¿No es digno de toda maldad?

Otros creadores o distribuidores de virus, para entrar a nuestro sistemas apelan a cartas donde supuestamente firma La Procuraduría del Consumidor, que en su afán de servir, me mandan un listado de todas las gasolinerías que no venden litros de a litro (es decir, tienen manipuladas sus bombas para dar menos cantidad de gasolina). El archivo que envían es un virus y sigo sin entender ¿por qué hacen eso? ¿son felices haciendo daño a los demás? ¿o será acaso que como sus actitudes se esconden en el anonimato y no temen ser descubiertos, entonces actúan sin el mínimo decoro? De hecho, vean a los maleantes que agarran después de un ilícito. Todos aparecen con cara de arrepentimiento, todos parecen unos pobres hombres, aunque antes de ser capturados hayan sido capaces de las peores acciones contra los de su propia raza.

A mí me queda claro que la maldad es intrínseca del ser humano y que la única posibilidad de erradicarla es a través de la educación desde muy pequeños. En ese lapso se forma el carácter y se aprende la esencia de lo bueno y lo malo. Por ello mismo la educación no es algo que debamos despreciar. Los valores éticos ahí se desarrollan. Ahí radica en quién, finalmente, es bueno o malo.

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